La Acrópolis de Atenas: de Santuario a Museo
Autor/es
Carrasco Ferrer, MartaFecha
2015Tipo de documento
conferenceObjectÁrea/s de conocimiento
Historia y Expresión ArtísticaMateria/s Unesco
5506.02 Historia del ArteResumen
En torno al 570 a.C., la Acrópolis de Atenas adquirió un papel de enorme trascendencia: se convirtió en el santuario principal de la ciudad, dedicado a la diosa protectora de la urbe: comenzaron las obras del templo; se levantaron pequeñas capillas, y las grandes familias de aristócratas, propietarios y comerciantes pugnaron por dedicar exvotos –escultóricos, casi siempre- para afirmar su papel social. Pero esta función empezó a verse matizada, desde las primeras décadas, por su propio éxito: aprovechando el gran número de visitantes, los artistas multiplicaron sus firmas e incluso, en ocasiones, añadieron alabanzas a su propia labor: trabajar para encargos de la Acrópolis era un signo de prestigio, y así se advierte cuando se analizan los pedestales. De este modo, puede decirse que a fines del Arcaísmo, en los primeros años de la democracia, la Acrópolis se había convertido en un exponente de sus mejores artistas. Y no sólo eso: era ya un símbolo de la ciudad, y allí se instalaban, tanto como en el Ágora, monumentos de carácter público y político.
En el año 480 a.C., la invasión de Jerjes dio al traste con esta situación: los atenienses, ante la proximidad del ejército persa, se llevaron las imágenes transportables y dejaron las demás a su suerte. Muy interesante es analizar lo que hallaron al recuperar su ciudad tras la batalla de Salamina: quedaba alguna obra aislada, convertida en testimonio de la historia, y a ella se añadieron enseguida las venerables imágenes salvadas, colocándolas entre las ruinas del viejo templo. Pero había que comenzar otra vez.
Así se inicia la historia de la Acrópolis clásica, la de Mirón, Fidias, el Partenón, el Erecteion y otros tantos monumentos: la misma que, en el siglo II d.C., sería descrita por Pausanias como un lugar de visita inexcusable para cualquier persona culta. Nadie dudó nunca de su sentido último: el de santuario, y ello impidió el saqueo de sus obras por los ejércitos macedónicos y romanos que conquistaron la urbe. Sin embargo, por encima de sus funciones convencionales –lugar destinado al culto, a los exvotos y a los monumentos ciudadanos-, la Acrópolis se convirtió en un verdadero “museo”, aunque nunca recibiese tal nombre: no sólo iban a admirarse las obras allí instaladas, sino que los talleres de copistas tenían fácil acceso para tomar moldes en escayola de sus obras más famosas, y permitirnos a nosotros una reconstrucción fiable de su ambiente.




