Las colecciones públicas en la Roma Antigua
Author/s
Carrasco Ferrer, MartaDate
2018Document type
conferenceObjectÁrea/s de conocimiento
Historia y Expresión ArtísticaMateria/s Unesco
5506.02 Historia del ArteAbstract
Igual que en Grecia, en Italia cabe comenzar la historia del “museo” -damos tal nombre, sin más, a la colección de arte visitable, sin entrar en discusiones conceptuales más profundas- acercándonos a los santuarios poblados de exvotos más o menos ricos: los hallamos en Etruria y en el Lacio desde el Arcaísmo, y en ellos vemos cómo alternan las pequeñas figuras en barro con los grandes bronces, algunos tan aparatosos como el Marte de Todi o la Quimera de Arezzo. Sin embargo, estamos ante espacios exclusivamente religiosos: no están pensados para la contemplación, no dan el paso en este sentido que observamos al analizar la Acrópolis de Atenas en el siglo V a.C.: una vez más, Grecia se adelanta al resto del Mediterráneo.
En Roma, hubieron de concurrir otras condiciones para propiciar tal evolución. En primer lugar, ya en el siglo IV a.C. tomaron sus ciudadanos la costumbre de arrebatar a las poblaciones vencidas las imágenes de sus dioses y situarlas, sea en santuarios de la Urbe ya construidos, sea en otros nuevos, siempre con la idea de atraer sus energías benéficas. Después, cuando las legiones llegaron a las póleis griegas o helenizadas de la Italia meridional, surgieron las primeras dudas: era obvio que allí había estatuas de deidades que no recibían culto, sino que servían como simples adornos en calles y mansiones. ¿Cómo reaccionar ante tal fenómeno? Al conquistar Capua en 211 a.C., el Senado tomó una decisión salomónica: “Las imágenes y estatuas en bronce (…) fueron entregadas al consejo de los sacerdotes para que éste determinase cuáles eran sagradas y cuáles profanas” (Livio, XXVI, 34, 12). Las primeras serían instaladas y reverenciadas en los santuarios; para las demás, cabría otro destino.




