Jeroglíficos y arcanos de la antigua liturgia
Date
1997Document type
bookPartÁrea/s de conocimiento
Historia y Expresión ArtísticaMateria/s Unesco
5506.02 Historia del ArteAbstract
Sobre las ruinas y casuchas que componían el paisaje de la Roma medieval se recortaban, como sobre cualquier otra población, torres fortificadas y campanarios; pero también surgían unas obras peculiares, que daban al horizonte de la Urbe un perfil característico: eran las columnas de Trajano y Antonino, verdadero canto a la creatividad del Imperio, y varios monumentos extraños y exóticos, ajenos a las formas familiares del clasicismo: por una parte, imponían su mole piramidal el “sepulcro de Rómulo” en el Vaticano, hoy destruido, y el “sepulcro de Remo”, actualmente identificado como tumba de Cestio; por otra, alzaban su esbelta silueta las “agujas” u obeliscos.
El Anónimo Magliabechiano (s.XV), que dedicaba un capítulo a estos últimos, mencionaba los siguientes: los dos que se alzaron en el Circo Máximo (posteriormente instalados por Sixto V, entre 1588 y 1589, ante San Juan de Letrán y en la Piazza del Popolo); el del Vaticano (el único que siempre se mantuvo en pie); uno menor, transportado en trozos hasta la Porta Salaria (el que hoy se alza sobre la Piazza di Spagna); el del Circo de Majencio en la Via Appia (llevado en 1648 a Piazza Navona), y otro, pequeño, junto a S.Macuto (el situado ante el Panteón en 1711). Muy pocos, sin duda, si se tiene en cuenta que la antigua Roma llegó a contar hasta 42 monumentos de este tipo, pero los suficientes para recordar a cualquier peregrino la existencia siempre inquietante y atractiva de la cultura egipcia en el suelo de la Urbe.




