Los límites fluídos entre el dragón y el ceto
Date
2022Document type
bookPartÁrea/s de conocimiento
Historia y Expresión ArtísticaAbstract
Hace ya muchos años, uno de nosotros escribió dos artículos sobre los orígenes iconográficos del dragón en la Europa occidental y su difusión hacia Bizancio. Ahora, cuando hemos decidido volver de nuevo nuestra mirada a este terrible monstruo –sin duda uno de los más populares en nuestra tradición legendaria–, nos parece interesante, como punto de partida, resumir en unos párrafos las conclusiones a las que llegaban estos estudios: ellas constituirán la base de nuestra nueva aventura.
Partimos entonces una observación insoslayable: para los antiguos, el término dragón (drakón en griego, draco en latín) era un simple sinónimo de serpiente (ophis en griego, serpens en latín), igual que, para nosotros, serpiente viene a ser lo mismo que sierpe o culebra. Sin embargo, ciertos estudiosos ven en la palabra antigua un matiz peculiar: del mismo modo que, para nosotros, el término bicha evoca un ser negativo desde un punto de vista supersticioso, el dragón griego y romano se situaría en un plano sobrenatural, religioso o mitológico: en ese sentido, no sería dragón una pequeña culebra que se oculta entre los matorrales, pero sí el ofidio que velaba sobre el jardín de las Hespérides, el que defendía el vellocino de oro en la Cólquide o la terrible Pitón que se enfrentó a Apolo en Delfos.




